2.1.14

Marcha fúnebre

poema de Fabián Casas



Últimamente me pesan las cosas que tengo. Más bien dicho: me pesa la posesión misma de los objetos que acumulo por gusto, necesidad o herencia y que van invadiendo los metros cuadrados que puedo llamar míos (los de mi recámara en México, el departamento que comparto con Matías en NY, mi oficina en la calle 39). Que esto suceda no es cosa rara. Los motivos se remontan a 2007, cuando hubo que desmontar una casa y con ella desmontar la vida que ocupaba la casa, la que compartíamos mamá, la perras y yo. Enfermedad y muerte aparte, esos días estuvieron fuera del tiempo o en un tiempo distinto, casi detenido de tan lento, en el patio de la entrada, el cochambre de la cocina, la tierra seca que dejaban las patitas de las perras cuando volvían del jardín recién llovido. 

Temo que decir que me pesa la posesión de las cosas se confunda con una confesión new age o una especie de diatriba anticapitalista. Más bien me refiero a que a veces las cosas se adueñan de mí, como si el baúl de fotos o la vajilla blanca de la abuela fueran un recordatorio de mi propia mortalidad. Me encuentro el tintero de vidrio grueso en un cajón (no me acordaba que lo tenía) y me pesa lo que significa que esté guardado ahí, ese tintero está marcado por la enfermedad de los dueños que ha tenido hasta llegar a mí, tiene tumores los pulmones y en el páncreas: quiero conservarlo pero no quiero nunca volverlo a ver. La copia Aguilar de las obras completas de Miguel de Cervantes empastada en piel de donde mamá me leía por la noches. La foto de cuando cumplí siete años y papá nos llevó a comer al San Angel Inn, yo con mi vestido blanco y el pelo hasta la cintura, mamá con su saco de pana café, disfrazada de profesora, los labios delgados de papá, mi hermano Pedro instalado en la adolescencia y atrapado en un blazer azul marino que seguramente detestaba. 

Pero felices. Seguramente mis padres habían bebido y entrado en esa dicha, nosotros tuvimos permiso de comer una isla flotante y corríamos por los jardines, hacia la fuente, a buscar a los gatos. ¿Fue realmente un buen día? Lo fue en ese simulacro de papel y luz. 

¿No es extraño que las cosas sobrevivan a sus dueños? Yo no debería tener diarios ajenos, vajillas de hogares que han desaparecido, fotografías de tiempos anteriores a mí que alguien recortó siguiendo el capricho de su propio recuerdo. Recortar fotos para moldear la memoria en una tradición familiar: mamá dejo cientos de fotos descabezadas.

En algunos meses cumplo treinta años y no dejo de pensar en lo perdido. Los paraísos perdidos de Borges, los únicos paraísos, son necesariamente los que han dejado de existir.  

Antes de morirme voy a quemar mi casa. 

3 comentarios:

marichuy dijo...

Qué bello texto. Melancólico y bello.

Yo aún guardo un suéter verde (un tono raro de verde, entre seco y pistacho) de mi abuela. Eso y un chal. Es una tontera pero los conservo porque me hablan de ella, a quien tanto extraño aún (tantos años después de su muerte). Será masoquismo o nomás cursilería.

Anónimo dijo...

Te acuerdas de mi departamento despues de mi divorcio? Vacio. Regale todo. Me pesan las cosas.

DZ

YO SOY EL QUE YO SOY dijo...

Te abrazo muy fuerte y me siento muy mal por no haberte visto más en tu viaje a México.

Besos. Que no tienes que guardar y se irán como el viento.

comensales

gepda

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