

Cuando recién me mudé a la casita del jardín, sentía que nunca me volvería a sentir en casa otra vez. Tenía la conciencia -dolorosa como pocas veces- de que me tocaba construir algo a lo que pudiera llamarle hogar, un espacio en el cual despertar por las mañanas con una sensación de familiaridad en la garganta, no con la traquea hecha bolas de quién despierta en un lugar que le es ajeno. Este frutero colgante me ayudó (y escribir la palabra frutero es raro, porque ella no lo tenía con fruta, si no con huevos y cebollas), siempre lleno de plátanos, manzanas, naranjas, peras y mangos. A veces hay uvas o higos.
Para ser sincera, mi fruta favorita es la naranja. Me cuesta trabajo aceptarlo, porque me parece que es aburrida y sin mucho chiste. Sería más interesante, -¿a poco no?- que mi fruta favorita fuera el plátano dominico, el lichi o el guaraná. Pero no, es la naranja. Su forma no es interesante como la de la carambola o el mango. No tiene la dulzura de un trozo de sandía, ni es tan versátil como el higo. No hay que comer una al día para mantener la salud (aunque yo sí lo hago, porque tiene mucha vitamina c, fibra y hasta una canción).
Compré este poster en algún museo durante el viaje a Europa que hicimos Maite, Grande y yo al terminar la preparatoria. No sé si haya sido la mejor idea, porque tuve que cargarlo por meses en una mochila sucia y apretada. Pero no pude resistirme, el cuadro me encanta y era de tamaño perfecto.
Hoy se cumplen dos años sin ella. Recuerdo con claridad esa mañana, también la mañana de hace un año. En un principio pensé que el dolor iría pesando menos con los años. No es así: lo único que pasa es que se acomoda -como se acomoda un animal herido en su guarida- en la boca del estómago y se queda tranquilo, callado, esperando a que algo sin importancia me haga sentir mal, para aparecer. No es que hoy sea un día peor que los demas, es simplemente que hoy sé que lo peor es lo que viene: los hijos que probablemente tendré sin que ella los conozca, las noches de despertar llorando que me quedan, el ritmo lento al que voy olvidando el olor de su ropa. Olvidar eso es olvidar qué puerta de mi casa tengo que abrir para encontrar mi cuarto, la cocina, el baño. Olvidar las notas de la canción que me define, como esa palabra que a veces tengo en la punta de la lengua y que no consigo pronunciar.
Infinitos los veo, elementales

Definitivo: Facebook es enorme. Ahora puedes declarar públicamente que te gusta algo, lo cual se mostrará en dicho algo con una manitabuenaonda. De este modo, tus preferencias serán reveladas y difundidas en el universo facebookinano que tanto nos divierte (no se hagan, a ustedes también). Lo mejor de todo es que este mecanismo está diseñado especialmente para personas de alta vulnerabilidad: si un día decides por fin ya no te gusta algo, simplemente le das click a "Ya no me gusta" y listo. Genial.
el sr. san francisco en tan milagroso que trae de vuelta a los sombrerudos rebeldes que abandonan el hogar y parten a luchar por alguna causa justa.