1.2.15

Álbum de fotografías que no tomé



El cielo descolorido de la Ciudad de México. Mi padre convertido en su propia sombra, intentando atrapar aire con las manos. ¿Qué ven los desahuciados que los hace moverse así? Nosotros en cambio estamos quietos, frotando los minutos para sacarles brillo.

¿Qué sigue, qué sigue?

Los zapatos del sacerdote. Los hombres de dios no deben llevar zapatos de lujo, pero él unta la frente de mi padre con aceite dorado de invierno. El amarillo es el color de los finales, ¿le has visto las uñas a un moribundo?

Una fotografía escarlata: después de una vida de delgadez, tiene el estómago hinchado de sangre sucia. Por momentos se avergüenza –la vanidad es una bestia terca– y se cubre a medias con la sábana. Su hígado: una granada madura abriéndose, abriéndose. 

Quemamos su cuerpo y las seis letras de su nombre de madera. Hubo belleza: el bosque de Tlalpan salpicado de sus cenizas blancas. Junto a la virgen el letrero decía no pisar el césped y lo pisamos de todos modos. Así como los muertos se extienden sobre el mundo, nosotros también nos extendimos. Hay cosas que no puedo decir, pero digo esto: tocamos las plantas con los dedos polvosos.

Estamos todos pero la casa está vacía. No hay casa. Quiero decir: en el espacio que ocupaba la casa ahora hay un río. Yo me siento a la orilla y miro a mi padre convertirse en un fantasma azul sobre las sábanas de agua.

Tengo treinta años y ya he memorizado los rituales de la muerte.

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