3.6.12

Julita



Juliaroberts llegó a la casa en 1998. En ese entonces teníamos otra perra, La Negra, y Julita era un bolita de pelos blancos que le jalaba las orejas y la hacía refunfuñar. Yo, una adolescente insufrible como cualquiera, la abrazaba todo el tiempo.
 
Aunque los años la hicieron un poco arisca (¿quién se salva de eso?), Julia era una presencia serena y cariñosa. Cuando mi mamá murió fue la única que supo consolarme: subió a mi cuarto, se acostó en la cama conmigo y puso su cabeza en mi hombro. Estuvimos calladas durante horas.
 
A Julia le gustaban los paseos, los sillones, las galletas y las caricias detrás de las orejas. Era gigante, como un oso, pero siempre encontraba el modo de acomodarse para que alguien le rascara la pancita. Hoy por la tarde, después de catorce años, el veterinario le detectó un tumor inoperable en el hígado que causó una infección con complicaciones dolorosas para ella. Decidimos ayudarla a morir.
 
Primero Nicole y ahora Julia, con menos de un año de diferencia. Algo de mí se terminó definitivamente con su partida. 
 
El hueco que dejan los perros cuando mueren.
 
Que alguien me explique cómo se cura eso.

6 comentarios:

Magrathea. dijo...

No se cura. Yo todavía sueño con mi albóndiga.

alonso ruvalcaba dijo...

es cierto. eso no se cura. un monumento indestructible para los perros que mueren y amaron y fueron amados.

Rodrigo Franco dijo...

Se cura, igual que la identidad, con el olvido. Me temo que tu eres este dolor.

athewa dijo...

Pues sí. Eso no se cura. Yo sigo extrañando a mi Tare aunque ya han pasado más de 15 años que se fue. De hecho muy seguido me acuerdo de cómo llegó a la casa y cómo me veía llegar de la escuela. Afortunadamente eso tampoco se olvida. :)

Sael dijo...

Ese hueco lo llenaste con las mayúsculas que nunca usabas. Había olvidado cómo me gusta leer tu blog.

rodacaca dijo...

Qué lindo, qué lindo, qué lindo todo en este blog.

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