
A diferencia de la mayoría de los días festivos, a mí me gusta mucho el Día de Muertos. Disfruto el pan de muerto con una buena taza de café con leche, el olor y color vivo de las flores de cempasuchil y la combinación agridulce de sentimientos que se me instala en el centro del pecho. Algunas veces, cuando era niña, a mi mamá le daba por ir al mercado de San Ángel y llenar la casa de flores, papel picado y velas. Además, para intensificar la experiencia, compraba copal y lo quemaba en un artefacto con el que recorría cada rincón de nuestra morada para “librarla de malos espíritus” y para “ayudar a los muertitos que siguen por aquí perdidos a encontrar el camino al más allá”. Es su momento yo me burlaba de sus rituales o me quejaba por el olor que se quedaba impregnado en las paredes durante días, pero la verdad es que en el fondo me encantaba sacar del viejo baúl las fotos empolvadas de señores y señoras que no conocía pero que, extrañamente, compartían conmigo la manera melancólica de mirar, el tono apiñonado de la piel o los rizos rebeldes que hacen que me vea eternamente despeinada.
Este año no puse ofrenda. Me faltó, supongo, su presencia empujándome al coche para ir al mercado. Lo que sí hice fue comer pan de muerto (mmm) e ir a C.U. a ver las ofrendas que instalan ahí las diferentes escuelas y facultades, esta vez dedicadas a Octavio Paz (lo cual, debo decir, me pareció un poco ridículo, cada grupo debería escoger a quién dedica su ofrenda). El año pasado me compré una playera morada de catrina padrísima y había un chocolate caliente delicioso, pero este año lo mejorcito fue, sin duda, este pan de muertos gigante:


No hay comentarios.:
Publicar un comentario