15.6.08

PM1

Ella escribía. Se sentaba largas tardes, cigarro -hasta que decidió dejarlo- y taza de café en mano, a materializar sus memorias. Eso la liberaba. Como buena hija, yo adquirí ese hábito y desde muy chica comprendí que las palabras tienen un peso muchísimo mayor del que generalmente se les otorga. Las palabras cortan y cicatrizan. Abren y cierran. Dañan y reconfortan.
A lo largo de su vida, algunas puertas fueron abiertas a sus escritos, otras permanecieron cerradas. Como a todo aquel que escribe, le gustaba ser leída, pero los que la conocimos sabemos que, en su caso, la escritura era una actividad de sanación y que aquello que buscaba con sus letras era absolutamente íntimo e insondable.
Esta noche es un buen momento para empezar a mostrarles, a aquellos que se interesen en ello, algunas páginas que fueron escritas hace más de 15 años por las suaves manos de la mujer que me enseñó a serlo.

SOBRE SU PADRE, MI ABUELO
Mientras mamá hablaba, yo pensaba en el papá vivo de mi infancia, ese de las manos grandes y ciertas; y ese también del largo silencio que me hacía temblar de miedo. Me era difícil creer que ya no existía. Que se había ido el padre cariñoso que nos llevaba al bosque de Chapultepec cada domingo: el coche lleno de niños propios y ajenos, canastas de comida y nuestro perro. Ese que me regaló una bicicleta cuando cumplí ocho años y fui la mejor estudiante de mi grupo. El que me hacía enojar de niña cuando, al caminar delante de él por la calle: "traes dos hilos colgando de tu vestido... ¡Ah, no! ¡Pero si son tus piernas!".
Papá, quien compraba cajones repletos de mangos, y nos sentaba a todos los niños en un banquito, un gran trapo al cuello y recogidas las mangas de camisa, para disfrutar de su manjar preferido. Papá y sus perros; siempre le gustó tener enormes perros a su lado para que le cuidaran las espaldas. Era increíble cómo los entendía y le entendían; lo que lograba enseñarles: a masticar chicle, reirse, jugar futbol. Papá y los pájaros; cuando por las mañanas. Mientras le preparaban su desayuno, salía a la terraza con migajas de pan y alpiste en las manos, y los llamaba con un silbido -siempre el mismo- para que bajaran a comer. Enseguida decenas de pájaros bajaban de los árboles a posarse sobre sus hombros, a comer de sus manos, sin el menor temor. Sin duda lo conocían, porque agradecían alimento y agua con lindos cantos matutinos.
Luego, ya en la universidad, papá orgulloso de mí y mis adelantos, pero en secreto. A mí no me lo decía; pensaba que mis profesores de la UNAM eran todos comunistas, y no le gustaban mis amigos de cabello largo, barba y huaraches. Era el año de 1968, y, ante mis conversaciones a la mesa sobre temas políticos recién descubiertos, ante mis ganas de entender el mundo, él callaba o hablaba de otra cosa. Pero siempre respetó mis ideas; supongo que papá joven habría tenido el mismo entusiasmo que se apoderó de mí en esa época, esas mismas ansias por cambiar lo inaceptable. Supongo que al escucharme guardaba en secreto la esperanza de que la vida fuera más amable conmigo de lo que fue con él. Discutíamos, sí, pero por el tono de voz que usaba conmigo yo sabía que me amaba y respetaba, que le gustaba cómo era...

3 comentarios:

diabloguardián dijo...

el escrito es tremendamente bueno, ojalá publiques más...

Todd McLovin dijo...

Wow!!!!!!!!!!!!!!
La verdad, tu Blog es increible, pero este escrito ES excelente

espero que publiques mas cosas!!

IZ dijo...

Gracias, vendrá más. Todd, voy directo a visitarte.

comensales

gepda

gepda
adopta, no compres!