18.3.07

Siempre tuve la sensación

de pertenecer a otro lugar. Me extrañaban las palabras que me decían y me parecía extraño que los demás no oyesen lo que yo oía. En el fondo de mi alma, estaba de visita y me correspondía, por necesidad y educación, adoptar los hábitos nativos.
Antonio Lobo Antúnes

Mi primer recuerdo es un cuarto lleno de máquinas. Intuyo que, aunque resulte difícil de creer, ese fue el cuarto de hospital en el que pasé varios días cuando me deshidraté el día de mi bautizo. Tenía siete meses.

Percibo mi infancia como una etapa en que me sentía muy sola. A pesar de tener tantos hermanos, nunca estuve demasiado cerca de ellos. Los observaba desde lejos, con sus juguetes sofisticados primero, sus pelos rockeros después. Los admiraba, pero a la distancia. No sé si fui una niña feliz. Desde chica me pesaban muchas cosas, tenía miles de preocupaciones. Pensaba, por ejemplo, que la pipí se me podía salir por los raspones en mis rodillas. Por eso me los llenaba de curitas hasta que me desesperaba tanto, que terminaba comiéndome las costras viendo la tele. También me angustiaba el tema de la comida, creía que en cierto momento, al cabo de los años, ya no me iba a caber más nada (acumularía comida hasta llenar mi estómago y toda mi garganta) y me iba a morir de hambre. Hasta que se me quitó esa idea y engordé; nuevo motivo para preocuparme.

Me acuerdo también de mis alergias, del chiflidito en el pecho cuando tenía asma y de la sensación de que mi enfermedad enojaba a mis papás más que preocuparlos. El ventolín para los ataques, que era el mismo que usaba mi abuelita para los suyos. Luego fuimos a Huston y me curé con unas vacunas que yo misma me ponía dos veces por semana. 1994 fue el año en el que me sentí valiente por primer vez… eran unas jeringuitas de nada, pero lo hacía yo solita y mi mamá se sentía orgullosa.

El primer encuentro que tuve con la muerte fue cuando murió Toto, mi abuelo. Yo tenía dos años. Un día llegue a la casa, corrí a su sillón, no estaba. Toto te espera en el cielo. No tengo una imagen clara suya, pero mantengo fresca la sensación que me daba estar con él. Sus manos grandes, no he encontrado esa calidez en ningunas otras. A pesar del poco tiempo que compartimos, es la persona a quien más extraño hasta la fecha. Lo siento conmigo todo el tiempo. Algunas noches tenemos largas conversaciones. Siempre sé lo que pensaría de cierto tema, el consejo que me daría, cómo me abrazaría, si el cigarro no lo hubiera matado. Es por eso que me repugna tanto ver fumar a quienes más quiero.

Me daban miedo muchas cosas. Los fantasmas, los ladrones, los teporochos de coyoacán (que según mi mamá un día me atraparían si no obedecía). Hoy mis miedos han cambiado de forma, pero siguen tan presentes como antes. Me asustan las lluvias muy fuertes, bajar por agua en la noche, las calles solitarias, mis papás enojados. Me aterra que el miedo obstruya mi camino y me impida hacer todo lo que quiero hacer. Me aterroriza la inercia y la mediocridad. Tiemblo ante la idea de un Dios que se ría de mis planes.

Creo en Él. Estoy convencida de que no sólo existe esta vida, de que hay algo que nos abarca y nos trasciende, una especie de plan divino. Pienso mucho en eso. Paso largas horas en silencio, observando lo que me rodea. Bajo el riesgo de caer en un lugar común, puedo decir que todo me asombra. No entiendo cómo se elevan los aviones, flotan los barcos, ni cómo se forman los bebés. No deja de sorprenderme el maravilloso drama humano.

No me gusta el aguacate ni el paté. Evito lugares ruidosos o grandes tumultos. No me lavo las manos cuando hace frío. Me duermo en el cine si voy de noche y el las carreteras a cualquier hora. Tengo ciertas debilidades importantes: mis sobrinos, las galletas de chocolate, mis hermanos, los perros, los cacahuates japoneses con limón y miguelito (en realidad, casi cualquier cosa con limón y miguelito). Ernesto. El panqué de limón de casa de Maipy. Las paletas heladas, especialmente las cubiertas de chocolate y chochitos multicolores. Ciertos maestros. Sándwiches con pan integral y mostaza de grano. Plumas de colores para mis cuadernos. La barba de Guillermo. El sushi. Exprimir granitos. Las palabras domingueras. Hacer listas, tachar lo que ya hice y volver a pasarlas en limpio. Besar.

Soy una persona llena de contrastes. Puedo ser muy fría y muy distante, aunque suelo esforzarme por no ser así. Me encanta discutir, pero siempre termino ardiéndome o riéndome mucho. Soy reservada y entregada. Responsable hasta el extremo. Me exijo demasiado y eso me ha traído graves problemas de autoestima y ansiedad. Normalmente siento que estoy haciendo las cosas mal, aún cuando esté dando lo mejor de mí. Intento contar lo bueno que me pasa, callarme lo malo. Procuro dar una imagen de fortaleza interna y entereza emocional, pero necesito más abrazos y flores de lo que parece. Soy potencialmente dulce y cálida, pero me toma tiempo construir puentes de confianza. Los levanto con cautela al principio, máscara sobre máscara. Es como si fuera poniendo los cimientos y proyectando en ellos los puentes venideros, a manera de prueba. Poco a poco se van cristalizando, van tomando forma hasta que se fortalecen para siempre. Difícilmente se derrumban, a lo mucho la maleza los disfraza durante algún tiempo.

Con el tiempo, de mi adolescencia para acá, me he ido liberando de ciertas ideas y prejuicios que no me dejaban avanzar. Me sacudí de un orgullo estorboso y ridículo. He entendido que quien me quiere me quiere como soy, sin importar nada más. Aprendí también (o en eso estoy) que no podemos exigirle a las personas más de lo que pueden dar en el momento. Se trata de paciencia, entendimiento. El amor no es egoísta, quien ama no juzga ni condiciona.

La poesía es mi pasión. Es el camino que quiero seguir, mi punto de partida y de llegada. De ahí vengo y a eso vine. Me siento a escribir con menos frecuencia de la que debería. Cuando lo hago, generalmente salen textos como éste. No los muestro. Una vez alguien me dijo que quería saber todo de mí – yo quisiera lo mismo-. A menudo me resulto extraña, me siento atrapada en un cuerpo que no me pertenece. Hay veces que miro hacia abajo y me asombra encontrarme con mis piernas. Son las de otra mujer, que no conozco ni presiento. Me enajeno con frecuencia y me observo a la distancia, rebasada por la sensación de conocer mejor a otras personas. (…)

4 comentarios:

Dushka dijo...

I'm sorry to have to break the difficult news: in this family of yours, you've always belonged.

Rasmin dijo...

De pequeño tambien era cliente frecuente del Ventolín en jarabe... después en inhalador... A decir verdad, me gustaba el sabor del jarabe, pero nadie se tomo la molestia de explicarme realmente para que servia... tuve que descifrarlo con el paso del tiempo. A mi se me quito asi nomas... como por arte de magia al final de la "secu"... sin inyecciones. Yo no hubiera podido... Saludos!

Ysusi dijo...

Gran texto, del cual conocía, por medio de un collage anecdótico, la mayoría de los pasajes, los cuales no dejan de maravillarme y conmoverme cada que los re-cuerdo-leo-escucho.
... y simplemente mi barba...

Anónimo dijo...

que hay te empece a leer por influencias externas, muy bueno

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