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| foto de Manuel Velázquez |
Una de las preguntas
escuchadas más a menudo en estos días es sobre la diferencia que hay entre el
caso de los 43 normalistas desaparecidos de Ayotzinapa y el resto de los casos,
de igual gravedad, que se han visto en México en los últimos años. Hacer un
recuento de ellos es acaso una labor imposible. ¿Por dónde empezamos a contar
los cadáveres? ¿En qué fosa, al lado de qué camino perdido, excavando dónde?
Pareciera que, bajo la superficie, nuestro país está tapizado de muerte. De las
muchas imágenes escalofriantes que hemos visto recientemente --un muchacho con la
cara desollada, huesos tan chamuscados que no alcanzan a serlo-- algunas de las
que más duelen son las de fosas clandestinas, esas agujeros rebosantes de vidas
perdidas. Muertos cuyas familias no pudieron siquiera enterrar sus restos.
Son tiempos
de profundo dolor para los mexicanos, pero también de profunda reflexión. A mi
alrededor, amigos que no se involucra habitualmente en política se han unido de
un modo u otro a las protestas por el secuestro y asesinato de los normalistas.
La indignación se ha manifestado de diferentes maneras, todas ellas válidas:
cada quien hace lo que puede desde su trinchera. Ante horrores como Ayotzinapa
(o Aguas Blancas, o San Fernando, o Acteal) las preguntas rebasan por mucho
cualquier especialización. Son temas que nos conciernen a todos porque a todos
nos quiebran: los "malosos" de Calderón no están en esa dimensión
distinta en la que los hemos puesto por años. Los
jóvenes, casi niños, cuyo testimonio presentó Murillo Karam en la conferencia de
prensa de hace algunas semanas también son víctimas de sus circunstancias,
de su propia falta de oportunidades.
Ayotzinapa somos todos porque todos sentimos en el alma la rabia de esas vidas perdidas, pero
lo somos también en un sentido más amplio: cargamos con la responsabilidad de lo
que está sucediendo. No hablo solamente de la culpabilidad que, podría
argumentarse, hay en dar una mordida o fumar un porro: éstas son pequeñas
decisiones personales que, si bien representan un conflicto moral, no tienen el
alcance que muchos les atribuyen. Hablo por mí: lamento que haya tenido que
pasar tanto tiempo, tanta muerte, para llegar a sentirme así. La facilidad con
la que he podido dejar de pensar en noticias y fotos que en su momento
me han helado la sangre. Tengo la culpa de quien voltea para otro
lado.
Pero algo
está cambiando. Me revienta que en mi país haya quien secuestre, torture y
asesine a 43 jóvenes inocentes. Pero también estoy orgullosa, esperanzada por
la cantidad de personas que, en México y el extranjero, han manifestado su
indignación y hartazgo. Lo dijo Juan Villoro hace unos días en una plática
que dio en la Universidad de la Ciudad de Nueva York: lo que importa de este
movimiento es que, más allá de partidos políticos y agendas personales, se está
formando una república
afectiva. El dolor de padres y madres de los muchachos de Ayotzinapa, esos
gigantes que nos han dado a todos un ejemplo de entereza y dignidad, ha
sido nuestro espejo. ¿Puede este impulso de empatía derivar en formas de
participación que cimbren y transformen al Estado mexicano? No se trata
exclusivamente de exigir renuncias, la ineptitud de muchos de los políticos que
nos gobiernan es resultado de un sistema roto. El tema de fondo es
institucional, hay que buscar mecanismos para asegurar que quienes lleguen al
poder estén comprometidos con la gente que los eligió y no con el partido del
que depende su futuro profesional.
Una de las
frases más hermosas de las muchas que han surgido en estas semanas es
“Quisieron enterrarnos, pero no sabían que éramos semilla”. La pregunta con
la que abrí esta nota tiene que ver con eso: Ayotzinapa importa por semilla,
porque desató algo.
Es evidente que estamos viviendo una transformación, pero no existen fórmulas
mágicas: para lograr respuestas hay que empezar por formular las preguntas. No
basta con sacar la basura y pintar las paredes. Tenemos que construir una nueva
casa. Un hogar por los 43 que se han roto.











