Su temperamento taciturno y azulado me conquistó. Me gusta cómo camina por una calle sin conocer el nombre de la que viene, el ciudado con que escoge los ingredientes que usará para cocinar esa tarde, su modo de avanzar a pasos lentos. A veces se va a un lugar al que sé que no puedo seguirlo: acaso a una cueva interior, húmeda, a la que debe regresar para retomar fuerza. Es entonces cuando escoge evitar ciertas conversaciones, salirse por la tangente de algunas preguntas y esquivar con malas bromas los comentarios incómodos. No enfrenta, esquiva.
A Guillermo me une un cordel delgado y firme, de esos que sostienen pero no estorban. No me imagino qué hubiera sido de mí sin él esos dos años y medio de jeringas y hospitales. Sin sus llegadas a la casa con postres y películas, sin su presencia constante y cálida. Supongo que no lo hubiera logrado. Habría desaparecido como desaparecen los personajes de las novelas de Murakami, como humo, como si me hubiera tragado la tierra. Él me dio calma en medio de la peor tormenta de mi vida, cuidó mis heridas, se quitó la chamarra para dármela más veces de las que puedo recordar. Fue fuerte y tierno, paciente y comprensivo. Terrenal. Y eso es mucho.
2 comentarios:
diablos! que bonito!
Todos necesitamos encontrar a alguien así al menos una vez en la vida.
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